Contraindicación médica

Al recuperar el sentido noté que me encontraba en un lugar completamente desconocido. Estaba sobre el suelo de aquella habitación y apenas lograba mover el cuerpo. El olor a humedad excesiva me resultó insoportable. 

Ahora que lo pienso era de noche cuando caminaba a mi apartamento. Eran no más de las diez de la noche y apenas había personas en la calle. Solo los más atrevidos se atrevían a violar las medidas restrictivas que prohibían la estancia humana fuera de los hogares. El viento frío de diciembre soplaba descontroladamente y alborotaba las hojas de periódicos abandonadas a su suerte. Contra toda indicación del médico yo llevaba en mi estómago botella y media de Ron Santiago de Cuba de la modalidad carta blanca, que me confundían el orden de las cosas. Un médico voluntarioso que intentaba frenar mi consumo predilecto como si yo pudiera renunciar a los dioses.

De repente sentí una voz. No advertí quien era el interlocutor de quien disponía mi reclusión, pero escuché que en efecto yo estaba detenido y que la bronca era de infiernos porque suponían que como tenía en mi billetera una prescripción médica del Dr. Durán, gozaba de una actitud transgresora considerable. Lo cierto es que el Durán que me atiende no es el eminente epidemiólogo cubano, sino un psicólogo amigo de mi mujer que vive a unas cuadras de mi casa. Sin dudas será el elemento esencial que definirá mi destino porque no me creo capaz de lograr convencer a las autoridades.

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