El juego peligroso y la salvación

Con un extenso movimiento de la muñeca tiró la piedra. Deseó que llegara tan lejos como la posibilidad lo permitiera. Con ella se iba parte de culpa. Recogió otra que corrió la misma suerte. Después otra y así pretendía seguir. El puño agarraba con la fuerza de todos los tormentos que fluían por su cuerpo. Era tirar y tirar. Buscaba una explicación, mas no sabía dónde. Siguió adelante arrojando cuanta piedra le llamaba la atención. La raíz de un árbol lo hizo tropezar. ¿Acaso lo que perseguía estaba adelante, por qué no en un costado o arriba? Pensó que bien podía haberla dejado atrás. Suspiró y halló consuelo pensando que las oportunidades no parecen oportunidades, pero vienen una tras otra y que todo en la vida es relativo y tiene más de una explicación. Tal vez debió quedarse quieto y abandonar la faena, pero eso no sería razonable. Debía continuar, estaba convencido, más ahora que una lejana luz se aparecía en medio de la noche. Sin dudas la choza de algún guajiro que se atreve a vivir en las entrañas de cualquier bosque.  

El pesar martillaba en la conciencia. Sentía la garganta reseca y vidrio en los ojos. Aquella luz era semejante al destello del disparo que había acabado con la vida de Pedro. En los intervalos en que la fatiga le daba un descanso repasaba los buenos y malos momentos que ambos degustaron. Había sido el mejor amigo de sus días. Matarlo no había sido su intención. La embriaguez les propuso la ruleta rusa. Irracionales años le dedicaron a esa empresa. De vez en vez modificaban el juego cuando sensaciones extremas conducían a la manipulación de pistolas, revólveres, balas, fulminante y hasta vendas para los ojos.

La agitación de la carrera le hizo frenar. Se inclinó hacia adelante y apoyó las manos sobre las rodillas temblorosas. Al bajar la cabeza las lágrimas golpearon la tierra. La noche acrecentaba la frescura de la reciente tragedia.

—¿Cargaste el revólver? 

—Sí, he colocado una sola bala en el tambor.

—¡Perfecto! —dijo Pedro mientras se preparaba un trago de ron—, pienso que es tiempo de cambiar los hábitos. Prácticamente somos unos maestros en la materia, nunca ha ocurrido ningún percance.

—Es cierto, pero debemos terminar, mis nervios comienzan a flaquear.

—¡Pendejadas tuyas! —exclamó Pedro haciendo un gesto de rechazo con el brazo—. Hagamos lo siguiente; esta vez nos apuntaremos. ¿Qué me dices? 

Marcos abrió los ojos tanto como pudo. Aquella iniciativa lo tomó por sorpresa.

—No me mires así. ¿Acaso tienes miedo? Piensa un poco. Si a estas alturas no ha ocurrido nada es poco probable que suceda. Aparte, tenemos una sola bala y en ocasiones hemos jugado con dos. —Además… —al llegar a este punto sonrió—, los buenos amigos no se matan y en medio de esta jodida pandemia no se me ocurre mejor entretenimiento.

Pedro tomó otro trago de ron. 

—¡Empiezo yo! —ordenó al darle vueltas al tambor del revólver.

—¡Espera! Necesito un trago antes.

Marcos cerró los ojos. Sentía el frío de la boca del cañón en la frente. “Clic”, se escuchó en el momento en que Pedro tiró del gatillo. Marcos de fue de rodillas. Se había salvado y su corazón andaba a todo galope.

—Ves que tengo razón —dijo Pedro a carcajadas.

Marcos tomó el revólver y lo estudió por ambos flancos. Hizo girar el rodillo y le apuntó a Pedro. Sentía el pulso acelerado y el miedo hacía más pesado el arma.

La chispa del disparo lo encandiló. Al volver en sí observó que tenía la camisa punteada de sangre y ante él reposaba el cuerpo fulminado de Pedro. Tiró el arma y echó a correr. Había matado a su mejor amigo. 

Las piernas lo empujaron en carrera acelerada. Atravesó el pueblo y se fue al bosque. Gritando tiraba pierda tras piedra.

Siguió corriendo. Al aproximarse a la luz se dio cuenta de que era una choza en llamas. Se quedó mirando aquel espectáculo. Un grito de ayuda se abrió paso entre el inclemente fuego.

De un brinco entró sin notar que el techo de guano amenazaba con desplomarse. Una vez dentro el calor apenas le permitía abrir los ojos. El humo le atrancaba la respiración y la visibilidad. A tientas logró cargar el cuerpo débil de un anciano que le vociferaba horrores al destino.

Afuera comenzó a nublarse y colocó al viejo al resguardo de un árbol de tronco arrugado. El anciano había perdido el conocimiento. Marcos lo miraba con rostro mustio y fatigado. El viejo tosió. ¡Era una señal de vida! Se alegró y sintió que de alguna manera había enmendado el error anterior. Al salvar a ese hombre olvidó el sentido de culpa por la muerte de Pedro y llegó a la conclusión de que era imposible que sin querer dos hombres murieran ante él a la distancia de un mismo día y en menos de una hora.  

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