Alcarrás (2022)

Por Alejandro L.G.

En la 72ª edición del Festival de Berlín, Carla Simón hizo historia con “Alcarràs”, llevándose el prestigioso Oso de Oro (España no se lo llevaba desde 1983). Con él se ha convertido en la primera directora española en ganar uno de los principales festivales de cine. “Alcarràs” es el segundo largometraje de esta joven directora que debutó en 2017 con su ópera prima, “Verano, 1993” con la que cosechó buenas críticas y se alzó con varios premios, entre ellos el Goya a la Mejor Dirección Novel. También es la directora de varios cortometrajes. “Alcarràs” parte de una premisa muy sencilla. La familia Solé, que lleva ochenta años viviendo de la agricultura, se dedican al cultivo de árboles frutales en un gran terreno que les había entregado de palabra el abuelo del actual dueño. Ahora en esos terrenos quieren instalar placas solares. Carla Simón nos lleva en “Alcarràs” al pueblo del mismo nombre para contarnos la historia de una familia que de la noche a la mañana ve amenazado el que ha sido su medio de vida durante décadas. En un mundo cada vez más globalizado, los árboles frutales que dibujaban el paisaje van a ser sustituidos por modernas placas solares, y eso lo cambia todo. Simón nos muestra a lo largo del film como viven esta situación las 3 generaciones de la familia protagonista: desde el abuelo cuya tristeza no necesita apenas de diálogos, pasando por los padres enfrentados entre ellos (entre quién se adapta sin problemas a los nuevos tiempos y el que no quiere abandonar el que ha sido su medio de subsistencia de siempre), hasta llegar a los más jóvenes que representan el futuro.

Uno de los grandes aciertos de “Alcarràs” es el reparto. Simón elige un reparto compuesto por actores no profesionales, muy bien dirigidos todos, que nos sumergen en la vida de la familia Solé (la que bien podría ser una de tantas en la España rural), en la vida de la agricultura y del campo. Con su cámara Simón nos traslada a esos campos de Lleida y a ese mundo rural, al amor por una profesión, tan dura (como vemos en los dolores de espalda del padre y cuando asistimos a las protestas y reivindicaciones de los trabajadores por unos precios más justos que les permitan vivir de su trabajo con dignidad) como delicada (cuando asistimos a ver al hijo mayor cuidando con mimo las plantas y esas jornadas en las que la familia al completo recogen la fruta y la preparan). Simón recurre, como ya hizo en “Verano 1993” a recuerdos de su propia infancia, mezclando naturalismo, poesía y costumbrismo. Nos hace partícipes (como si fuésemos uno más) de esa familia que ve con tristeza como cambiará todo con esa última cosecha y nos muestran también momentos alegres, como esas comidas familiares y los chapuzones en la piscina jugando como críos, a las fiestas de los pueblos y los treatrillos que montan los más pequeños. Los niños son otra parte importante del relato, que se nos presentan jugando en un destartalado coche, para unos minutos después observan con impotencia como una grúa se lo lleva al desguace. Pero con esa capacidad de aceptación y adaptación mañana les vemos como si nada en una antigua trinchera o corretean entre los árboles ajenos al desmoronamiento de la vida de los adultos.

Lo mejor

La poesía con la que retrata la vida del campo.

Lo peor

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