Apariencia que no engaña

Acudí a la oficina empleadora del Bufete para recoger el resultado de la entrevista de trabajo que sostuve tres días atrás. No perseguía otra cosa que obtener un puesto para desarrollar el mal talento de abogado, labrado en siete años de estudio. Había culminado el curso dirigido de la universidad de Troke. Se ofrecía a quien independientemente de trabajar, tenía deseos de pasar más trabajo en alcanzar alguna licenciatura superflua de poco interés social. Los requisitos no eran simples. Recuerdo que en la boleta de inscripción exigían: 

«Superar la tercera década de edad al momento de solicitar carrera». 

«Tener una hoja de servicios de más de diez años de trabajo infructuoso.

«Prometer bajo declaración jurada no terminar los estudios en menos de siete años». 

«No tener grandes aspiraciones en la vida». 

En Troke, los inteligentes eran relegados a la calle. La gobernanza territorial prohibía por decreto real, su admisión en centros de estudios bajo argumento de que, los inteligentes hacían perder el tiempo al profesorado porque era elemental que no necesitaban estudios ni ayuda docente. La escuela se reservaba a los trokianos con un ínfimo coeficiente de inteligencia. Era aquella una oficina de renombre. Famosa por tener una plantilla envidiable de trokianos incompetentes y fracasados de reconocimiento público en las provincias aledañas. 

Me recibió una bella secretaria que apenas sabía expresarse y que, a conciencia, obvió rellenar el registro de visitantes porque la escritura no era su fuerte. Me adentró en una habitación contigua desprovista de adornos, con un mobiliario compuesto por una sola butaca en la que reposaba una señora de unos cuarenta años que asentaba, a un ritmo desesperantemente lento, los resultados de las entrevistas laborales en una libreta apoyada sobre el muslo derecho. Después de ubicarme en la lista de los “no admitidos”, marcó con una cruz y me extendió uno de los sobres que rellenaban el bolsillo de su camisa. Sin mirarme, hizo un ademán con la mano en señal de despido y se zambulló nuevamente en la lista de rechazados. 

Al abrir el sobre vi que se me comunicaba que la empresa era filial de la universidad de Troke, que por decantación los requisitos para ser integrante del Bufete guardaban similitud con los necesarios para iniciar carrera y que, para colmo de infortunios, en mi palmarés obraba un señalamiento por haber aprobado el examen estatal de derecho en la primera presentación.

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