En casa de herrero

Al entrar en la habitación, el inspector se tropezó con todo un alboroto en la escena del crimen. En la cama había una mezcla de sábanas y cubrecamas. Vasos con bebidas y botellas semivacías poblaban el espacio sobre el suelo. Ropa interior arrojada sin control sobre los muebles. Al fondo, muy bien iluminado, el cuerpo de un hombre adulto pendía de una cuerda cual badajo de un reloj. 

—Vaya alboroto para irse de este mundo —la sombra esclarecedora provocada por el impacto directo del sol sobre el cuerpo inerte, dibujaba en la pared las cinco de la tarde. 

La misma hora que descubrió el inspector al consultar su reloj de bolsillo, más la coloración de la piel, la opacidad de los ojos y la rigidez del cuerpo, ilustraban una data de la muerte de dos horas aproximadamente. 

—¡Bajen el cuerpo! — indicó el inspector a sus pupilos mientras apuntaba al occiso con su dedo índice. Disfrutaba de ese gesto que le proporcionaba una dosis de mayor autoridad. 

Al leer la diligencia del levantamiento del cadáver, se convenció de la cercanía del examen médico legal. Sus esperanzas reposaban en una necropsia bien hecha. Tenía muchas dudas. Dudas para atiborrarse el juicio. Primero, para no descubrir los motivos por los que aquel hombre colgaba del techo. Segundo, para no comprender cómo el fabricante de cuerda pudo usar una de tan mala calidad para quitarse la vida. Tercero, para no descifrar nunca el misterio de que dos horas atrás muriera colgado aquel hombre y no Lola que, en definitiva, estaba destinada a morir a las tres.

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