Declaración de un taquillero

Estaba muy nervioso y me sudaban las manos como nunca antes. Era la primera vez que me encontraba en una situación similar, pero pensaba que la causa era justa. Tener de frente a tres jueces ataviados de negro y un fiscal pisándome los talones era un paisaje no recomendable. Cuando la jueza me ordenó “acusado qué tiene que decir de los hechos que se le imputan”, tuve que consumir unos segundos para recuperarme. Se me entrecortaba la respiración y no podía quitarme el nasobuco que también se confabulaba en mi contra. 

—Con su permiso jueza —comencé diciendo—. Las cosas en casa no siempre fueron como ahora. La prosperidad se respiraba en mi hogar. Vivía yo con mi madre y mi hermana Clara. Las otras dos habían encontrado marido a los veinte años y sus días a día hallaban cobija en otras tierras. Mi madre las adoraba y comunicarse con ellas por Whatsapp y correo electrónico mitigaba la añoranza, no así el deseo de sentir en la carne los besos y abrazos tibios de los hijos distantes. Clara tenía un destino caprichoso. Las circunstancias se confabulaban cada vez que ella experimentaba la cercanía de un hombre con intenciones de formalizar matrimonio. Cuando tuvo su primer novio mi madre enfermó de dengue hemorrágico y tres meses de ingreso hospitalario fueron suficientes para su primera ruptura sentimental. Cuando Jorge, su segundo novio, sintió el primer flechazo homosexual olvidó que andaba de la mano con Clara y el viaje de regreso a casa y a la heterosexualidad resultó imposible y la enclaustró en un tortuoso período de incontinencia y desintoxicación sentimental que la alejó del mercado por cuatro años. Quizás por eso adoraba a Clara y para mí constituía la prioridad, con el perdón de mi madre.

» Hace apenas unos meses que Clara terminó la universidad y conoció a Pedro en la oficina de trámites donde inició su vida laboral. En su primera visita a la casa supe que habían estudiado en la misma universidad y si bien coincidían con frecuencia, la timidez de Clara fue el aislante de las palabras entre ambos. Reencontrarse ahora en una oficina con la bendita obligación de comunicación verbal fue una suerte. La oficina fue el reducido espacio en que se conocieron, en el que se enamoraron y decidieron casarse. 

» Con la decisión de Clara mis deseos de trabajar se acrecentaron. Los mandados de entonces solo me aportaban un dinerito justo para subsistir. Clara y madre estaban apartadas de todo capricho, de todo deseo que exigiera gastos extras, pero la boda de mi única hermana cercana era cosa distinta y suprema. Sonia y Leticia no vivían conmigo y tenían su vida realizada, ahora era la hora de Clara. 

—¿Algo más acusado? —prosiguió la jueza en el mismo momento en que hice una pausa.

—Eee, si…ante la proximidad del bodorrio de mi hermana me dediqué a buscar una entrada de dinero adicional o una distinta. El caso era que mis ingresos fueran superiores a los de entonces y encontrar este trabajo de custodio en el taquillero del pueblo era un aliciente al que me aferré para ahorrar y contribuir a la felicidad de Clara. 

» Mantuve la disciplina como constante. Era celoso con mis obligaciones. Las taquillas que me encargaban cuidar las protegía cual mis cachorros. Estaba dispuesto a gruñir y morder a los curiosos que se atrevían a acercarse. Allí comprendí que un taquillero era un banco sin cajeros. Un apartamento donde criar, abrigar, proteger las pertenencias más peculiares. Aquellas oscuras, morbosas, prohibidas, secretas. Amores extraños, alijo de delincuentes, literatura clandestina, verdades ocultas de políticos.

—Concrete acusado —me ordenó la jueza, esta vez con notable severidad en sus palabras.

—Señoría, tras cuatro años de laburo mi patrimonio acumulado se acercaba a la mitad del necesario requerido para el pago de la boda. Clara comenzaba a impacientarse y no soporté la angustiosa presión. Entonces decidí robar. Me convencí de agenciarme las prendas de oro escondidas en la casilla 5. La vida me dio la oportunidad de observar por accidente cuando el usuario las tiraba con agilidad al interior de la taquilla. La cantidad de joyas y su valor lo calculé cuando conocí después que era el único casillero que no tenía llave de repuesto en el llavero central, así que debían ser bastante. 

Al llegar a este punto la jueza se acomodó en su silla y me miró con suma atención. Al parecer mi reconocimiento de los hechos le daba un sabor diferente y de buen gusto en la boca. 

—El sábado último me tocó el turno de la noche. Era ese el horario que más detestaba. Invertir la noche en laburo y no asumirla como tiempo de esparcimiento y relajación me generaba un sicoanálisis exquisito. Las horas de trabajo nocturno tenían el don de alargarse en sí mismas y no sucederse. Sobre las dos de la madrugada sonaba a lo lejos un bolero en la garganta de un radio ajeno. La melodía indescifrable me arrullaba y ya a las cinco desperté de un sueño profundo en el que yo ejecutaba al piano una pieza encantadora. 
» Emprendí un recorrido para reencontrarme con la realidad. Mi sorpresa fue un despertador eficaz. Frente al Bloque A que reunía la primera docena de taquillas vi que la 1 y la 7 estaban ultrajadas, inutilizadas. Ambas cerraduras estaban en el suelo y exponían lo que fue el inicio de la profanación. La presencia de sangre en la puertecilla e interior me exoneraba de la autoría del siniestro y me sugirió la idea de ejecutar esa misma noche la apropiación del alijo de la 5ta casilla. Hice un balance del tiempo que tenía hasta mi relevo y para mi satisfacción tenía más de una hora a mi favor. Con determinación rompí en dos pedazos la camiseta de repuesto que siempre llevo conmigo y la até a mis manos cual par de guantes. Tomé del área de la piscina el pincho del asado y una simple palanca fue suficiente para vencer la seguridad de la puertecilla de la casilla. Mi corazón se alborotó al palpar el mazacote de prendas de oro envueltas en trapo detrás de una pila de revistas y frascos de energizantes vacíos. Corrí a mi casa con el botín en los bolsillos. Cuatro cuadras no constituyeron distancia. Me alegré de no encontrar despiertos a mis familiares y escondí mi futura fortuna en el fondo del sótano. Justo en el lugar en el que nunca pensé que la hallaría la policía, pero así fue y acá me encuentro frente a Ud. por los hechos que cometí. Solo los correspondientes a la casilla 5, no tengo responsabilidad sobre la 1 y la 7 aunque suene inverosímil. 

Terminé contento. Con el espíritu limpio y rebozado. Lo dicho es cierto y por eso seré juzgado. Solo omití en mi autoincriminación que la policía solo halló una cuarta parte del material robado. La ubicación de la otra parte solo la conocerá Clara una vez que yo esté en prisión. Al fin y al cabo, ese era mi cometido inicial. 

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