Ciencia o religión

La lluvia era densa y amenazaba con no dar tregua cuando se escucharon toques en la puerta de la iglesia trokiana, encargada de venerar al Dios Dezeus. El centinela quedó asombrado, pensaba que nadie se atrevería a salir de casa bajo aquellas condiciones. Se dirigió a la puerta con determinación. Un poco de pesadumbre ritmaba sus pasos. Con bastante esfuerzo, logró abrir la pesada puerta que crujió en una especie de quejido. Al asomar el rostro vio a un campesino ajado y entrado en años que sostenía un sombrero de pajas y un desgastado rosario.

El recién llegado informó que quería hablar con el párroco. Un asunto singular justificaba su urgencia. Con el beneplácito del portero pasó al interior. Afuera, la lluvia seguía en curso. 

El centinela fue en busca de su santidad y lo encontró en la cámara que se reservaba para orar. Pidió permiso y entró. La santidad preguntó qué ocurría, a lo que el siervo contestó que en la entrada se hallaba un anciano que deseaba verle con urgencia.

—Llega usted a la casa del Señor en Troke, bienvenido —dijo el cura al tomarle las manos al anciano—. ¿En qué puedo servirle?

Al instante cayó de rodillas con ríos de lágrimas que se mezclaron con el agua de lluvia. 

—Es mi hijita padre, está muy enferma, ya no sale de la cama, le ruego que rece por ella.

—Levántese por favor. Su presencia aquí me muestra la magnitud de su pena. Nada me reconfortará más que visitarlo mañana. 

Apenas salía el sol cuando el padre llegó a la morada del campesino. La puerta permanecía abierta. Al entrar fue blanco de una tristeza infinita. El silencio estaba impregnado en las paredes y suelos de la casa.

—Buen día padre, venga por aquí si es tan amable —dijo el anfitrión que llegó sin ser advertido.

En el interior de una pequeña habitación descansaba una adolescente con los parpados abiertos a media asta. Al ver al cura su rostro reflejó un poco de sosiego. La expresión inocente y sufrida de la joven acaparó toda la porción de benevolencia que tenía y tendría el párroco que día tras día acudió a la misma hora a rezar al borde de su cama sin poder evitar un fatal desenlace. Nadie fue a pedirle ayuda el médico del pueblo. Aunque tenía la cura para la enfermedad, nada pudo hacer al respecto.

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