Conciencia

Aquel día se tornaba falso. Amenazó con llover desde temprano. La gente hacía preparativos para la contienda. La oscuridad alcanzó a todo por igual. Las pocas superficies blancas resaltaban como no lo hicieron ni en épocas de esplendor. Manchas blancas en todo lo negro. El bostezo de un trueno se escuchó a lo lejos. Era inminente la proximidad del diluvio.

Cayeron las primeras gotas cuando los animales más astutos corrieron a refugiarse y los demás fueron rescatados. Las personas se apresuraron. Unas a cerrar puertas y ventanas, otras a guarecer autos y motos. Las antenas se bajaron y las cortinas se corrieron a todo lo ancho. Cada cual permaneció en su casa mientras duró la tormenta. Ya fuese al amparo de seres queridos o al abrigo de mascotas o de un libro. Cuando amainó, se fueron asomando poco a poco. Entre persianas los ojos se salían de órbita.

El húmedo paisaje ocupaba todo el espacio. El agua corría ferozmente cuesta abajo. El sol aún no era capaz de atenuar el gris que se aferraba. Más adentro, en el portal de una antigua mansión, enroscado en sí mismo, dormía un vagabundo. Al acercarme a él noté que el agua y el churre lograban una mezcla andrajosa sobre su cuerpo. Los mechones de pelo le cubrían el rostro que nunca vi. Fijé un poco la vista y palpé la desdicha de aquel trokiano que tenía el alma seca de los despojados del destino.

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