Cosas del amor

La iglesia Nodivursium era reconocida por dedicar­se exclusivamente a formalizar matrimonios en Troke. Lucía una imagen deslumbrante, toda ilu­minada, cada santo muy bien vestido, cada acorde donde era preciso.

No se trataba de un capricho de Sole la decisión de casar­se ante los ojos de Dezeus. Nadie en su familia ostentaba estado civil distinto al soltero y aquella tradición le provocó un encabronamiento de mil demonios en cuanto tuvo uso de razón. Sentía que, con el casamiento, brindaba una especie de retribución a la vida por posibilitarle conocer las delicias y desmanes del amor en compañía de Elos. Allí estaba, al pie del altar, risueña y poderosa. Relucía de blanco hasta las venas y reservaba todo lo negro para el pelo y el pensa­miento. Pies finos en tacones pequeños eran puntos finales de piernas delgadas bien tonificadas. Al abrirse las puertas de la iglesia, todos se voltearon cual miembros de una co­reografía trillada en largas horas de ensayos. Otra sonrisa fue motivo de calma en los corazones de los volteados y un evangelio en extinción para el Santo Padre. Junto a este, Sole no razonaba bien cuanto sucedía. El éxtasis le man­tenía nublado el sentido. De frente a la puerta, solo veía y entendía que allí, al final del pasillo estaba su hombre. Sí, su hombre porque la boda era un anhelo suyo que no limitaba su tierna posesión sobre él. Para Sole era una ilusión ser de las pocas trokianas en formalizarse en santa unión y en No­divursium. El esporádico servicio del santuario disminuía la capacidad de autofinanciamiento para el mantenimiento del edificio y las obras destinadas a conservar la estética corrían a cargo del diezmo.

Elos atravesó el pasillo mientras recorrió la distancia de la alfombra. Al final de la travesía y al inicio de su vida ma­trimonial, se tomaron de las manos y se miraron fijamente. Estaban saturados de un amor pegajoso y propio, resultado de la mezcla de otros tiempos con los suyos.

El padre inició la ceremonia y el júbilo afloró en el ros­tro de los invitados que se volteaban ahora de frente al al­tar. Disminuyó el volumen del coro, mas no fue menos el embeleso embriagador. Cada palabra del padre y todo jura­mento de los novios eran escuchados con atención.

—Puede besar a la novia —dijo el cura y fue todo lo que Elos necesitaba oír para sentirse en medio de una dicha in­controlable que le enredaba la lengua y entorpecía el oído.

Entonces la besó en un lapso que no se quebró ante el re­gocijo de las terceras personas. Más tarde se marcharon a la luna de miel e hicieron del amor un acto de blanda compenetración. Sole lo amaba, estaba desquiciadamente enamo­rada de él. Sin embargo, al dormir, soñó con el Santo Padre.

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