Un cuaderno en blanco

Un espacio para crear y compartir

Me quedé con las ganas de ver esta película el verano pasado, cuando se estrenó en uno de los cines más próximos a mi localidad natal. Sin embargo, hace unos días, como si se alineasen los astros, programaron un par de sesiones en un cine de la ciudad donde vivo. ¿Cómo iba a perdérmelo? Y más cuando la propia protagonista me escribió para compartirme los detalles de la sesión.

No me lo pensé mucho y compré dos entradas.

Sin entender muy bien por qué, me vi frente a la puerta de la sala de cine (aún cerrada porque estaban terminando de emitir otra película) con los nervios de quien va a su propio estreno. Quizá fuese porque, aunque yo mismo no fuese a aparecer en pantalla, sabía que la historia que vería durante la próxima hora y media removería recuerdos y emociones que, casi sin saber que estaban ahí, gritaban para que los dejara salir.

Me senté en la fila nueve, asiento dos. A media distancia de la pantalla. La sala de cine era muy distinta a todas las otras a las que he ido. En este caso, todas los asientos se disponían en la misma altura y era la pantalla la que colgaba muy por encima de todos nosotros, al fondo, en su blanco impoluto capaz de crear mil historias.

Siempre me he preguntado por el material del que están hechas esas pantallas, capaces de resistir miles de vidas, emociones y recuerdos sin agrietarse un poco. Yo estaba a punto de comenzar a ver una película que no hablaba de mí, ni de nada que hubiese vivido, y ya estaba temblando por dentro.

Desde el principio, desde ese momento en el que la voz de Carmen Mesa rompe el silencio del paisaje de Encinas Reales para pronunciar su nombre, sentí cómo algo se me agarraba al pecho. Y comprendí que nada de lo que iba a ver había sido fácil para ella. Como toda película, estoy convencido de que hay una historia maquillada pero con una estructura que ahonda en la tierra, en la historia misma, en sus recuerdos.

Y así, en cuanto Carmen susurró el inicio de su historia y cantó y bailó y golpeó la tierra para que esta se lo agradeciera, sentí que la historia me iba atrapando, cada vez más, hasta el punto de llevarme muy dentro de ese hilo que te atrapa en sus recuerdos, arrastrando consigo parte de los míos.

Hace años que comprendí que una buena película no la hacen actores de renombre, ni productoras con fondos casi infinitos, ni efectos especiales que distorsionan la realidad. Una buena película se hace con una buena historia y con la convicción de que pones en ella todo cuanto puedes dar de ti. Y es por eso que esta película es una buena película.

Cuando terminó, me alegró ver cómo todo el publico aplaudió sin pensarlo un instante para terminar volcándose en su protagonista y en el equipo que la acompañaba para darle la enhorabuena. En ese momento, ya sea por las prisas, la emoción o la falta de tiempo, no pude decirle todo cuanto había podido sentir al verla. Así que, Carmen, si me lees, que sepas que seguimos teniendo pendiente ese café.

A las horas, una vez en casa, no pude evitar pensar que, quizás, ese pequeño movimiento en las hojas de los olivos, podría estar provocado por un taconeo al otro lado del mundo.

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