Por Alejandro L.G

Park Chang-Wook director, guionista y productor de Corea del Sur es uno de los autores surcoreanos más reconocidos internacionalmente, junto con Bong Joon-Ho. Comenzó su carrera a principios de los 90 con “Moon is the sun´s dream” (1992), pero no saltó a la fama de forma internacional hasta que consiguió el Gran Premio del Jurado en Cannes con “Old boy” (2003), la segunda parte de la trilogía de la venganza que inició con “Sympathy for Mr. Vengeance” (2002) y cerró con «Sympathy for Lady Vengeance» (2005). Después, aunque siguió rodando en su país natal, ha hecho algunas incursiones en el extranjero como “Stoker” (2013) o la miniserie “La chica del tambor” (2018). Chang-Wook siempre ha destacado más en su país con películas con producciones como “Thirst” (2009) una película sobre un cura convertido en vampiro por una transfusión de sangre, “La doncella” (2016) una perversa historia de engaños y sexo, donde nada es lo que parece, o “Decision to leave” (2022) un thriller psicológico con el que viajó por varios festivales y tuvo el beneplácito de la crítica. Este año regresa con una adaptación en “No hay otra opción” con la que ha ido ya a los festivales de Venecia, Sitges o Toronto (donde ganó el premio del público).
En su última película, Park Chang Wook hace una nueva adaptación de la novela “El despido” de Donald E. Westlake que hace años ya adaptó el director griego Costa Gavras en “Arcadia” (2005). En esta nueva versión el director nos cuenta la historia de Man-su, un trabajador de una empresa de papel, muy bien valorado por sus jefes, que incluso le premian por su trabajo, pero tras la compra de la empresa por unos americanos es despedido después de 25 años de lealtad a la empresa. Desesperado en su búsqueda de un nuevo empleo que le permita mantener su casa y a su familia, identifica a los cuatro candidatos al mismo empleo, y decide matarlos para quitarse a la competencia de en medio. Mientras que en la película de Costa-Gavras, el relato se centraba en la desesperanza de un hombre dispuesto a todo por conseguir un nuevo trabajo, el surcoreano va más allá, llevando el relato a la comedia negra y a lo absurdo, con un toque de violencia divertidamente exagerado. La película nos recuerda a dos de las producciones surcoreanas más populares de los últimos años: la oscarizada “Parásitos” (2019) de Bong Joon-Ho, y la serie de Netfilx “El juego del calamar” (2021-2025) aunque estas proponían tramas en las que el ascenso o el descenso en la escala social eran una pelea a vida o muerte, con unos personajes más preocupados en salvarse a sí mismos que aquí lo retrata de una forma más retorcida, dando menos peso al drama social, aunque sí muestra la alienación del individuo en un sistema (el capitalista) que enfrenta a la clase trabajadora y les lleva a destruirse entre sí para tranquilidad de los de arriba, mostrando cómo la pérdida del trabajo lleva a una moral y personal.

La película es un retrato de la sociedad surcoreana, en la que se les inculca a los ciudadanos unos altísimos niveles de exigencia y perfeccionamiento en cualquier ámbito de la vida desde que son pequeños, lo que lleva a nuestro protagonista a desempeñar el trabajo de una forma casi obsesiva, como si fuera algo vocacional. Esto derivará en el posterior trauma en el que le sume cuando es despedido de la noche a la mañana. El filme nos plantea los problemas derivados del desempleo de una forma magistral partiendo de la decisión de los nuevos dueños de la empresa (que ven a los trabajadores como meros números) y esto genera una hecatombe en la vida de los personajes. Por otro lado, tenemos; las relaciones intrafamiliares; desde su perfecta familia verán como su vida se desmorona de un día para otro y con ello su estatus económico y social, corriendo el riesgo de poder perder hasta su casa. La película plantea este desmoronamiento también entre lo cruel y lo absurdo cuando Man-su se ve obligado a deshacerse de sus mascotas, o de la suscripción a Netflix; pequeños detalles que nos van mostrando como cada pérdida duele más por la humillación que conlleva que por lo económico, y todo ello poco a poco le va llevando a la desesperación y la locura. Toda esta cuestión moral vuelve a Man-su un personaje algo incómodo para empatizar con él, pero aun así termina funcionando tanto por la torpeza del protagonista como por la frialdad con la que el propio sistema observa su desgracia.

La cinta brilla en lo técnico con un estilo visual a la altura de la obra del director, con un montaje imaginativo y una puesta en escena que le mantienen como uno de los grandes autores del cine contemporáneo. El reparto tanto Son Ye-jin como Lee Sung-min que acompañan al protagonista, sostienen la película. El resultado final es una sátira encarnizada sobre la precariedad que, pese a ser inteligente y tremendamente divertida no llega a ser su mejor trabajo. Una buena ocasión para ir al cine.
Nota personal: 7/10.
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