Por Miguel M. Benito.
En España las elecciones generales han pasado. Se acabaron los mítines para convencer a los convencidos, las entrevistas de candidatos enseñando impúdicamente “su lado humano” y los debates, que prometen ser el nuevo Nixon – Kennedy, y acaban siendo gritos de feriantes en el mercadillo. Toca decir adiós a esas decoraciones urbanas de estética kitsch, que son los carteles de aspirantes a todo, con sus rostros sonrientes y amables, pero seguros y determinados. Durante unos días la pulsión de lo electoral se extiende con los análisis de los resultados, que hace de postpartido y moviola. Y, después de eso, poca cosa. Si acaso, la minucia, eso de gobernar y hacer oposición, pero que no suele tener la adrenalina de una campaña electoral, ¡menudo bajón!
Y es cierto que quedan las redes sociales, que viven en una campaña electoral eterna, pero a los geeks de las elecciones -y es posible que lo seas-, esto les sabe a poco. Y, seguro que hay unas apasionantes comicios en algún sitio a los que puedes dedicar tu atención, pero es posible que experimentes un cierto vacío. Estás enganchado a “la fiesta de la democracia”. Pero aquí estoy para ofrecerte un dulce sustitutivo que, en forma de ficción audiovisual, te ayude a superar el síndrome de abstinencia, porque hay unas cuantas obras en las que las campañas electorales son el escenario de la trama o, directamente, el tema central. Empecemos.
El lado amable: comedias románticas
Las campañas políticas son un buen escenario para equívocos, líos, situaciones embarazosas y, como no, revolcones y amores. O sea, terreno de comedias románticas.

En Sin Palabras (Speechless, Ron Underwood, 1994, 99 min.) Michael Keaton y Geena Davis se conocen por accidente, se caen bien y, a través de sucesivos encuentros y malentendidos, se van enamorando. Pero, claro, no podía ser tan fácil, porque resulta que los protagonistas son Romeo y Julieta de las campañas electorales, pues ambos son escritores de discursos para políticos rivales. ¿Es el amor, que surge en este entorno y entre rivales, sincero o una enrevesada estratagema para sonsacar secretos de la campaña rival? Película de tono amable, como suele ser propio de la comedias románticas. Fluida y disfrutable, aunque falte un poco de química entre Davis y Keaton. Eso sí, aquí ya podemos constatar que, las películas sobre elecciones suelen tener repartos amplios y llenos de secundarios de secundarios reconocibles, que por allí desfilan Christopher Reeve, Bonnie Bedelia y otros muchos.
A esta estirpe pertenece Definitivamente, quizás (Definitely, maybe, Adam Brooks, 2008, 112 min.). Un padre soltero, Ryan Reynolds, antes de ser Deadpool, le cuenta a su hija, Abigail Breslin, la pequeña Miss Sunshine, la historia de las mujeres que se han cruzado en su vida (interpretadas por, nada más y nada menos, Rachel Weisz, Isla Fisher y Elizabeth Banks) para revelarle al final, cuál de ellas es su madre. Sí, es cierto, suena un poco a la serie How I met your mother, estrenada en 2005, qué se le va a hacer.

Y cómo se vincula este salseo de película a las elecciones. Sencillo, el personaje de Reynolds es consultor político en Nueva York y, las relaciones con las mujeres de su vida están asociadas a momentos en los que trabajó en campañas a la alcaldía de la ciudad y a la presidencia, con Bill Clinton al fondo. Definitivamente, quizás pone menos énfasis en las carreras electorales que la antes mencionada Sin palabras, pero funciona bastante bien en el terreno de la comedia sentimental.
La mejor comedia romántica en el ámbito de la política es El presidente y Miss Wade (The American President, Rob Reiner, 1995, 114 min.) que es la que más usa lo político en su trama para construir la tensión romántica. Rob Reiner dirigió una película escrita por Aaron Sorkin y en la que Martin Sheen, Michael J. Fox y Richard Dreyfuss son ilustres secundarios alrededor del dúo protagonista, Michael Douglas y Annette Bening.

La película estaría justificada al decir que sirvió como base sobre la que Sorkin edificaría serie The West Wing (El Ala Oeste de la Casa Blanca, 1999-2006), lo que es decir mucho, pero hay más. Porque la película rezuma cierta elegancia y clasicismo deudora de comedias clásicas de gente como Howard Hawks, George Cukor y similares.
Quienes hayan visto la película podrán alegar que no muestra ninguna campaña electoral, pero hacia el final de la cinta, la agenda legislativa y la posible reelección del presidente y viudo, Andrew Shepherd (Michael Douglas) estarán en peligro por el efecto en la opinión pública de su relación con la activista ecologista Sidney Ellen Wade (Annete Bening). Película elegante y rica, casi salida del Hollywood clásico, que, como ya se ha mencionado, explota dramáticamente las posibilidades de la actividad política en Washington, D.C. para construir su historia.

Otra película en este estilo es la reciente Casi imposible (Long shot, Jonathan Levine, 2019, 125 min.), en la que Charlize Theron, una especie de trasunto de Hillary Clinton, contrata a un periodista, Seth Rogen, como su escritor de discursos. La comedia surge por dos vías. Por un lado, Rogen no parece encajar ni adaptarse bien al mundo de la política profesional ni al protocolo público, así que hay algo de esa comedia basada en la vergüenza y, por el otro, el romance entre los dos, en apariencia improbable, irá haciéndose presente. De vez en cuando, hasta Rogen logra atinar con una película que no duele ver.
Sátiras
Si la comedia romántica requiere de una cierta amabilidad, la sátira exige de una acidez y cinismo que encaja bien en la percepción actual y más común de la competencia electoral. La mezquindad da para buenas comedias y a Billy Wilder me remito.

Así en Bulworth (Warren Beatty, 1998, 108 min.) un candidato desencantado y sin posibilidades de victoria, interpretado por Warren Beatty, aquí también director, decide ser brutalmente honesto con los electores y decir las verdades del barquero a ritmo de rap. Romper con el convencionalismo amenaza al establishment y pondrá en peligro la vida del protagonista. Este es uno de los tópicos sobre la política, que las elecciones son teatro y espectáculo que ocultan la realidad para que todo siga igual. La película es estimable, aunque desigual. De nuevo hay un destacado reparto del que hacen parte, por ejemplo, Halle Berry y Sean Astin.
En esta estela va El hombre del año (Man of the year, Barry Levinson, 2006, 115 min.), en la que un cómico al estilo de Stephen Colbert, Jon Stewart o John Oliver, interpretado por Robin Williams, se presenta a presidente para poner en evidencia lo viciado del proceso electoral. La crítica a los políticos y los medios de comunicación casi permitía pronosticar el auge de un populista “a lo Trump”. A pesar de acumular profesionales de talento e ideas muy interesantes, la película intenta abarcar demasiado y no lograr engranar todas sus piezas con precisión deseable. Mención especial para la protagonista femenina de la película, Laura Linney que es una actriz maravillosa a la que no se le reconocen los méritos, muchos, que tiene su carrera.

El hombre del año palidece un poco en la comparación con otra película de mismo director, Barry Levinson, que en 1997 había logrado un producto más redondo con La cortina de humo (Wag the Dog, B. Levinson, 1997, 97 min.). Un par de fontaneros al servicio de la Casa Blanca (Robert de Niro y Anne Heche), recurren a un productor de cine (Dustin Hoffman), para distraer la atención pública de un escándalo sexual que puede hundir las aspiraciones de reelección del presidente en ejercicio. El resultado: una guerra virtual contra Albania. Si la película suena mucho a la historia de Monica Lewinsky, Bill Clinton y la participación estadounidense Balcanes es porque se rodó de un modo acelerado, prácticamente a la vez que los hechos tenían lugar. La cortina de humo para ser efectiva intentaba mostrar que, por disparatada que pareciese la idea, quizá no lo era tanto y estaba pasando casi al mismo tiempo que la película se estrenaba. El llamado efecto CNN, la aceleración de los ciclos de noticias, la reducción de la atención del público y la ausencia de profundidad en el tratamiento periodístico de la actualidad son las principales víctimas de esta película. Casi da miedo pensar cómo sería remake actual, en tiempos de redes sociales, llenos de estímulos pseudoinformativos sin sustancia.


Pero si, por lo que sea, sólo puede ver una de las películas que menciono en el campo de la sátira, que sea Ciudadano Bob Roberts (Bob Roberts, Tim Robbins, 1992, 102 min.). La primera y ¿mejor? película de Tim Robbins en la que con la forma de falso documental, tan fértil para la comedia como muestran This is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984, 82 min.), The Office o Parks and Recreation, sigue la campaña presidencial de un cantante folk ultraconservador, de la alt-right se diría hoy, que a base de populismo, mentiras y carisma va ascendiendo desde una aprobación casi marginal a la posición de candidato con posibilidades reales de ganar. De nuevo, no cuesta mucho ver lo que después ha sido el ascenso a la Casa Blanca de Donald Trump.
Y con esta nota final que hiela un poco la sonrisa, dejamos por hoy las comedias. Dentro de poco llegarán películas con elecciones, pero esta vez, con poca broma.
Este artículo es una versión, con algunas modificaciones menores, del mismo texto que apareció en la web del podcast Cronocine.
Miguel M. Benito en twitter @Gentleman_Yo, autor intelectual de Pinkerton Podcast.
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