Un cuaderno en blanco

Un espacio para crear y compartir

Este año tengo la suerte de ser el pregonero de las fiestas de mi pueblo.
Como estoy seguro de que habrá gente que no pueda asistir al evento o que no habrá podido escucharlo correctamente, comparto el texto del pregón para que podáis leerlo en cualquier momento.


Buenas noches, Encinas Reales, vecinas y vecinos, autoridades, visitantes y amigos.

Quiero dar las gracias a Paco y a Fany por sus palabras y por la presentación que me han hecho. También quiero agradecer al Ayuntamiento de Encinas Reales todo el apoyo que me ha dado en cada una de las iniciativas que he propuesto en los últimos años con el fin de ayudar al desarrollo de la cultura en la localidad. Han sido dos años intensos en los que hemos celebrado dos certámenes literarios que han reunido a más de mil participantes de todo el mundo. También he tenido la suerte de participar como jurado en la VIII edición del concurso de pintura rápida (una experiencia inolvidable) y, sobre todo, me siento muy afortunado de poder impartir mi primer taller de haiku con un grupo de personas tan interesado por la poesía y el arte en todas sus formas. En resumidas cuentas, un haiku es un poema breve (de unas diecisiete sílabas) que describe un instante conmovedor de la naturaleza o del entorno. Fernando me propuso escribir alguno inspirado en la feria y me sugirió leerlo ante todos ustedes. Dice así:

Sobre la ermita
fuegos artificiales
pintan el cielo

Y sin saberlo, de capturar un momento que siempre se me ha quedado grabado en cada una de las ferias a las que he podido venir, pasé a describir el cartel de la feria de este año: la ermita del calvario bajo un centelleante abanico de color creado por fuegos artificiales.

Para mí es un gran honor estar en mi pueblo, con mi gente, dando inicio a esta feria a pesar de las circunstancias en las que estamos. Han sido dos años de incertidumbre, desconcierto, miedo, desconsuelo, rabia… Han sido dos años que han parecido una eternidad, pero también han sido dos años que parecen habérsenos escapado de entre los dedos sin haber sido conscientes de ello.

Hablar de estos dos últimos años me hace pensar en el sacrificio de toda esa gente que lo ha dado todo para encauzar la situación. Ese sacrificio que, a veces, no se percibe, como el de esas personas que hoy, por ejemplo, están trabajando para que todos los que estamos aquí podamos disfrutar de unas fiestas seguras. Inconscientemente me voy a esos recuerdos de la infancia en los que tenía que esperar cada día de feria, a que mis padres cerraran el bar para poder disfrutar de un instante con ellos en las calles alumbradas y llenas de música de nuestro pueblo. Eso sí, los sábados eran sagrados, así que yo siempre estaba deseando que llegase el sábado: los nervios desde por la mañana, cuando ya se respiraba en casa un eco que me hacía pensar en el incienso de la procesión, las ropas que invitaban a verse frente a Jesús de las Penas, minutos antes de alzarse sobre nosotros para coronar el cielo y brindar su gracia al pueblo. Era uno de esos días en los que me olvidaba de todo y solo pensaba en disfrutar.

Estos dos últimos años me han hecho ver que más allá del momento, de ese disfrute inconsciente y falta de preocupación, hay personas que se esfuerzan y lo dan todo para darnos la oportunidad de disfrutar el instante. Por eso, os quiero pedir desde aquí que respetéis las indicaciones de las autoridades. Soy consciente de que muchos salís deseando disfrutar al máximo de estos días y no queréis que os estén indicando una y otra vez que os subáis la mascarilla, que guardéis las distancias, que no fuméis en determinados espacios. Intentemos que eso no pase, esforcémonos un poco y hagamos que estos días también sean bonitos para esas personas que velan por nuestra seguridad y disfrute. Hagamos que el esfuerzo de todos los que nos han traído hasta aquí haya valido la pena. Y en memoria de quienes no hayan podido acompañarnos este año, hagamos que estas fiestas, y cómo vamos a vivirlas, sean un orgullo para todos. Yo estoy convencido de que la unión de este pueblo, el respeto y la pasión que se respira estos días, hará que ese pequeño esfuerzo valga la pena. Hará que estas fiestas sean memorables.

Dicho esto, os tengo que confesar que, cuando Fernando me propuso dar el pregón, mi primera respuesta fue un no. Pero no fue un no porque no quisiera hacerlo. Fue uno de esos que se escapan de manera automática, casi sin que podamos darnos cuenta, cuando una idea nos abruma. Y claro que me vi abrumado en ese momento: ¿qué podría decir yo en el pregón de la feria de mi pueblo? ¿acaso sería capaz de recopilar una serie de anécdotas, historias o recuerdos interesantes de mi infancia y parte de mi edad adulta que pudiesen ser de interés para dar comienzo a las fiestas? En ese momento intenté hacer un viaje rápido por mis recuerdos para atrapar ideas clave que me permitiesen hilar un discurso coherente. ¡Ya no digamos interesante! 

Sin embargo, una vocecilla interior, desde lo más hondo de mí, me gritó: ¡hazlo!

Y aquí estoy, llevado por el impulso intuitivo de esa pequeña parte de mí que no es capaz de dejar pasar una oportunidad, intentado estar a la altura.

Parte de mis dudas también venían de la extraña idea de verme extranjero, extraño, ajeno a todo esto, a todo lo que representa el pregón. Sentí como si tuviese una especie de fecha de caducidad que debiera renovar viniendo más a menudo al pueblo. Pero ni todos esos años fuera han sido capaces de destruir ese sentimiento de pertenencia al lugar que me vio crecer, que forjó los primeros pilares de mi personalidad y que me enseñó, desde muy pequeño, todo lo que quiero y no quiero tener en mi vida.

No obstante, aún hoy, a pesar de los años y la pérdida de esa inocencia pura de la infancia, este pueblo me sigue enseñando, como si fuera uno de esos maestros de antes, como los que yo tuve la suerte de tener y disfrutar en esta localidad.

Sin embargo, aun siendo consciente de todo lo que me ha enseñado, estuve semanas aplazando el momento de sentarme a escribir este discurso. Quizá llevado por el miedo a enfrentarme a mis fantasmas del pasado, quizá por evitar recordar muchos de esos recuerdos que, con el tiempo, he sido capaz de contener y asumir.

Y así me vi, de pronto, preguntándome: ¿qué momentos de la infancia te hacen recordar el pueblo y la feria?

¿Sabéis qué fue lo curioso de todo esto? Que cuando me vi sobrepasado por todos esos recuerdos, me costó encontrar momentos completamente felices. Pero, al igual que esa vocecilla valiente me gritó desde lo más profundo “hazlo” y me decidí a estar aquí, pensé que todos esos recuerdos, ya sean felices o no, tenían derecho a estar conmigo en este momento. A fin de cuentas, si no es por todo eso, por lo bueno y por lo malo, yo no sería quien soy ahora mismo. Y creo que fue ahí donde encontré el detonante que ha dado lugar a lo que estáis escuchando hoy.

Cuando pienso en Encinas Reales, es normal que venga a mi mente la imagen de mis padres, de mis hermanos, de mis tíos y primos, pero, sobre todo, cuando pienso en Encinas Reales, no puedo evitar recordar a mis abuelos: su voz, su olor, su forma de ser tan distinta en cada uno. ¿Cómo sería el pueblo cuando ellos vivían? ¿Cómo habrían vivido sus ferias? ¿Cómo serían ellos si ahora estuviesen aquí? Preguntas retóricas que alimentan la duda, la ilusión y la emoción de saber que, sea donde sea que estén, estas palabras van por ellos.

Otra imagen recurrente que aparece en mi mente cuando pienso en el pueblo es la de Jesús de las Penas. Me resulta curioso, para lo poco devoto que soy. Pero siempre se me presenta como una imagen difusa, lejana, escondiéndose en la penumbra forzada que provoca las diminutas luces a lo largo del pasillo central de la ermita del Calvario, dejándolo al fondo del todo, iluminado, cual manifestación que grita mi nombre cada vez que me asomo a la diminuta ventana que hay en la puerta. Y el olor a incienso, y la voz de mi madre preguntándome si lo veo bien. Y aparecen, con fuerza, esos recuerdos de niño en los que veía cómo mi padre vestía la camisa de los colores del patrón del pueblo y se ponía, de una manera un tanto ceremonial, el medallón que todos los santeros llevaban ese día. La imagen que yo percibo de Jesús de las Penas es la que mis padres me han enseñado a ver.

Y habré hecho mil fotos a esa imagen de pelo largo y capa grabada en oro, cuya mirada perdida parecía buscarme. Habré hecho mil fotos a la imagen de nuestro patrón porque en ese momento sentía un extraño impulso de inmortalizar el símbolo de nuestro pueblo. Sin embargo, cuando hoy pienso en aquellos momentos, en aquellas imágenes que capturé, me doy cuenta de que no era a Jesús de las Penas a quien quería inmortalizar, sino que quería guardar para siempre la fuerza invisible, la admiración inexplicable y la espiritualidad que escapa a cualquier dogma que mis padres ponían en ese día de feria. Yo fotografiaba su imagen porque la cámara no era capaz de capturar el ímpetu, el coraje y el aliento de todas esas personas que sostenían al símbolo.

Alguna vez, he vuelto a revisar las fotografías de aquella época. Siempre me viene a la mente el brillo en los ojos de mi padre, la ilusión en el rostro de mi madre, y la admiración que me ensanchaba el pecho. Era uno de esos momentos en los que, sin palabras, mi corazón gritaba: de mayor, quiero ser como mis padres.

Hablar de ser mayor me lleva, como si tirase con fuerza de mi brazo y de una manera inexplicable, a la infancia, a la suerte de jugar en la calle con los niños vecinos, de disfrutar de los atardeceres en el campo, de respirar el aire puro y de sentir que me formaba una personalidad estable, poco a poco, aún costando más de lo que podría asimilar ahora mismo.

Antes, cuando os he hablado de qué se me pasa por la cabeza cuando pienso en Encinas Reales, os he mentido un poco. No con eso quiero decir que no piense en mi familia y todo lo que implica, faltaría más. Sin embargo, hay otra imagen que me ocupa el recuerdo con mucha fuerza cuando pienso en mi pueblo. Os parecerá extraño, pero cuando pienso en Encinas Reales, no puedo evitar pensar en un balón de baloncesto. Y, al contrario, cuando veo un balón de baloncesto, me viene a la mente el fugaz recuerdo de mi pueblo, de mis compañeros de juego, de esa familia que formamos en torno a una pelota.

Lo que me resulta duro de esto es que no recuerdo el baloncesto como una pasión, como un deseo intenso de querer llegar más lejos con ese deporte, sino como un refugio.

Hoy en día pienso que tuve suerte con la clase de Primaria que tuve. Pero hablo de suerte, a secas, ni buena ni mala porque hubo de todo. Me siento afortunado de haber compartido esos 8 años con unos maestros que para mí son inmejorables, que me enseñaron educación y valores antes que conceptos propios de cualquier materia. Eso es algo que no cambiaría.

Sin embargo, también fueron años duros.

Nunca conseguí encajar del todo en aquella clase. 

Fui arrastrando durante cada curso la extraña sensación de verme desplazado, fuera de lugar y, en ocasiones, siendo objetivo de burlas.

Esta es una historia recurrente, ¿verdad? Parece que es algo que perdura por siempre en los colegios.

Esto me hace pensar en el primer poema que escribí. Fue para un trabajo de clase.

Estuve toda la tarde buscando información, leyendo varios poemas, montando algo que pensaba que era poesía aun a sabiendas de que hacía trampas: no tenía rima, los versos tenían longitud distinta, carecía de organización… Aunque intenté ponerle algo de ritmo.

Al menos cumplía algunas de las reglas de la poesía: ritmo y pausa.

Cuando leí ese poema, temblaba de los nervios.

Al terminar de leerlo, la clase se inundó de risas y comentarios que me hicieron avergonzarme. 

Hoy en día, la poesía es algo muy importante en mi vida, pero entonces no quise que se me asociara a ella porque no quería que me viesen como niño débil y sensible, por llamarlo de alguna manera.

Son cosas de niños.
Defiéndete.

¿Cuántas veces habré escuchado esa afirmación?
¿Cómo se defiende uno de la risa?

Hoy comprendo que la sensibilidad siempre se ha asociado a debilidad y que cuando una niña o un niño despierta una sensibilidad especial sobre algo, la respuesta generalizada es frenarlo, como si ese destello creativo nos diese miedo.

Creo que es un buen momento para decir que la diversidad nos hace crecer, nos hace aprender. No debemos tener miedo a lo distinto, a lo especial. 

Sé que hay muchos niños y muchas niñas que han pasado por esto en el colegio, incluso por cosas peores. Puede que hoy me esté escuchando alguien que se sienta identificado. Por eso quiero aprovechar para decirle que no se rinda, que se esfuerce y que intente disfrutar de cada instante. Puede que a veces os sintáis abrumados por la situación, que os veáis solos. Yo encontré apoyo en el deporte, en los libros, en la escritura y en los amigos que llegaron con todo eso. Seguro que encontraréis el apoyo que necesitáis si rompéis el miedo a expresaros. 

Lo que nos hace distinto es solo nuestro. Nosotros decidimos con quién lo compartimos y no debemos dejar que nadie nos lo quite ni lo vea como un juego.

Esto os lo cuento porque mi vida, mi historia y todo lo que me ha llevado hasta aquí no existiría si no fuese debido a eso.  Muchos de mis gustos, intereses y pasiones se han ido formando a condición de aquello.

Aunque, ¿sabéis? A veces es muy fácil sentir que te pierdes cuando crees que te cierran los caminos, pero de pronto, alguien te llama, te invita a salir una tarde porque viene un familiar de fuera. Así surgió el que sería mi primer grupo de amigos. 

Más tarde, repentinamente, aparece alguien más. Alguien que se acerca despacio, se presenta tímida y que, con el tiempo, se ha convertido en una de las personas más importantes de mi vida. 

Poco a poco, fui eligiendo y encontrando a un grupo de amigos que, a día de hoy, se han convertido en familia.

Por eso, cuando me preguntan qué es para mí la feria, yo siempre contesto que la feria es reencuentro. Es reencuentro con la familia que nos toca, pero, sobre todo, es reencuentro con la familia que se elige. 

Además de fiestas, de música, de bailes y procesiones; además de fuegos artificiales y celebraciones, la feria es mi familia.

Una de las ideas que tuve cuando pensaba en escribir estas palabras fue hacer una reflexión sobre el tiempo y sobre nuestra forma de percibirlo. Sin embargo, pensar en el tiempo me lleva inevitablemente a pensar en los recuerdos. Porque ¿qué es el tiempo sino una forma de organizar todo cuanto somos?

Es tan caprichoso a veces…

Han pasado dos años desde la última feria; sin embargo, mi percepción del tiempo me dice que fue el año pasado cuando vi actuar a mi hermano en esta misma caseta un domingo por la mañana. 

A veces, si me quedo en silencio y presto atención, creo percibir cómo pasa el tiempo, como si pudiese tocarlo. Y a veces me habla y atrapa mis recuerdos para ponerlos en mis manos. Se entreteje en todo cuanto veo, me acecha en cualquier parte para llevarme de vuelta a los lugares de donde vengo.

Hoy, mi tiempo me lleva a las ferias que viví con mi familia, desde la primera en la que tenía poco menos de un mes y mi madre decidió vestirme de gitano. Si le preguntáis, os dirá que en ningún momento me sacó del carrito porque, si me levantaba, se me caían los pantalones de lo pequeño que era. 

El tiempo me lleva a cada una de esas noches de feria en las que esperaba, impaciente, a que mis padres terminasen de trabajar para dar un paseo, jugar a pescar patos y a probar suerte en la tómbola.

El tiempo me lleva a pasearme frente a la caseta a medio montar en plena calle Pozo Dulce, a colarme cuando no había nadie para subirme en el escenario desde el que un día creí que podría compartir algo interesante con mi pueblo. Hoy estoy aquí, en el escenario de la caseta municipal, pero mi yo de la infancia, ese que está más allá del tiempo, sonríe desde la antigua caseta, al verme hablaros desde este lugar.

El tiempo me lleva a las ferias que compartí con los amigos de los que os he hablado antes. Me lleva a recordar los fuegos artificiales que parecían rasgar el cielo, haciendo precipitar las estrellas. Esas mismas estrellas que, con el tiempo, descubrí que no eran más que esferas de pólvora que arrojaban los mismos cohetes que estallaban la noche antes.

El tiempo me lleva a los veranos con mis tíos y mis primos, las largas noches de pesca, al día en el que me intentaron enseñar a nadar con un chaleco salvavidas, a los veranos de antes.

Y esos veranos también me transportan a Barcelona, a la compañía de una familia a la que sigo queriendo a pesar del tiempo y mi mala gestión de las emociones.

El tiempo también me transporta a las navidades en las que estábamos todos juntos y a ese comienzo de año que siempre nos daba una nueva oportunidad.

La feria me hace entrar en un bucle de tiempo en el que todo empieza con el montaje precipitado de las atracciones, los puestos de comida y juegos variados, la caseta y su escenario. Después se empieza a percibir la esencia de la feria, incluso el pueblo pasa a oler distinto. Siempre pensé que ese nuevo olor lo provocaban las miles de flores que se preparaban para la ofrenda, los caballos que se adaptaban para sus largos paseos por las calles de nuestro pueblo, la comida que iba a servirse durante esos días, incluso me parecía percibir a veces, el olor de la música y el olor de esa lluvia que suele amenazar estos días. 

El tiempo me permitió descubrir el nacimiento de la música en una guitarra, en un piano, en una batería, y en una voz y sus matices. Me hizo comprender el sacrificio que hay detrás de unos acordes o de cualquier letra.

El tiempo también me enseñó a ser paciente. Me enseñó a querer a alguien incluso años antes de que hubiera nacido. Llevó a mis padres al mundo antiguo, al origen mismo de la espiritualidad, para traerse a mi hermana consigo.

Mi hermano ha hecho que sienta en la música todo el tiempo que hay tras ella. 

Y su música, sobre todo su música, es capaz de hacerme recorrer toda su historia, como si se moviese en una dimensión superior, rompiendo las barreras del tiempo y del recuerdo, para hacer cada momento único.

Hoy quiero que comparta conmigo esta oportunidad y exprese, ante su pueblo, todo ese tiempo que guardan sus dedos y que es capaz de liberar sobre cualquier guitarra. Para ello, me gustaría que pusiera música a tres poemas inéditos que quiero recitaros.

El primero lo escribí pensando en mis padres y en ese momento en los que se acercaban a mi cuarto a darme las buenas noches momentos antes de dormir. Con el tiempo, eso se acaba echando de menos. El segundo poema lo escribí pensando en mis abuelos: esas figuras de fortaleza infinita que siempre han guiado mi camino. Y el último, lo escribí pensando en mi hermano.

Buenas noches, luna

Dudo
si recuerdo o no
cómo llevar la cuenta de las noches.

Demasiadas, quizá,
sin sus buenas noches, luna.

Ya no recuerdo su forma
ni esa manera de dibujar su viaje perpetuo
entre las estrellas.

Miro al cielo.

Sé que está ahí
pero no la veo.

Buenas noches, luna.

Escapa el deseo contenido
en este susurro que la añora.

Y dudo
justo antes de abrazar mi almohada,
dudo.

¿Es su voz la que vibra en mi cabeza
—la silenciosa voz de la luna—
o es tu voz
que decide bailar en mis recuerdos
en este preciso instante al borde del sueño?

Puedo ser más fuerte

Se hace difícil olvidar esos instantes
en los que conseguías parar el tiempo
en un abrazo
capaz de detener el llanto.

Y aunque tu voz
ya no haga temblar al viento
rompe las barreras del olvido
para recordarme 
lo fuerte que puede ser un niño.

Cualquier guitarra en tus manos

Si tuviese que describirte 
con una única palabra 
sería música 
aunque quizá, 
también podría ser constancia.

Y si tuviese que describir 
esa constancia en la música 
sin dudarlo 
usaría tu nombre.

A veces,
echo la vista atrás y recorro cada instante
desde que te vi llegar y me escondí 
pensando que todo era un sueño
hasta cualquier momento en el que nos llamamos.

A veces,
echo la vista atrás y recuerdo
las palabras que se hicieron de rogar
los chistes que casi matan de risa
a los abuelos,
los sueños que compartimos,
las infinitas historias
que desaparecieron en nuestro baúl de los juguetes,
tus primeros acordes.

Hoy, cuando escucho una guitarra
susurrar al cielo en tus manos
recuerdo cada uno de tus intentos,
tus errores, 
tus ensayos,
tus aciertos,
las infinitas repeticiones
que parecían no terminar
y cada éxito.

Hoy, cuando miro cómo otros
escuchan tu música
me siento afortunado,
porque ellos conocerán tu arte
pero yo conozco tu historia.

Esto es lo que quiero recordar siempre de mi pueblo: música, familia, reencuentro y todo el tiempo que me ha dado.

Para terminar, quiero invitar al escenario a mi amigo Francisco Ruiz González para que diga las palabras que cierren este discurso y den paso a estas esperadas fiestas.

¡Mil gracias por estar aquí, cuidaos mucho y disfrutad de estos días todo lo posible!

Este próximo domingo, 12 de septiembres, estáis invitados a participar en la VIII edición de nuestro concurso de pintura rápida. Un evento en el que podréis disfrutar del ambiente local para inmortalizar un pequeño rincón de nuestro pueblo.

Podrá participar toda persona física mayor de 14 años.

A continuación, encontraréis las bases en las que se especifica el sistema de inscripción, técnica, temática y premios.

Os esperamos.

Este año hemos recibido muchos más trabajos de los que habríamos imaginado.
Una gran sorpresa que nos ha hecho afrontar los siguientes pasos con ilusión.

En los últimos días, nos habéis escrito preguntarnos sobre la fecha de publicación de los resultados. En las bases indicamos que los trabajos ganadores y seleccionados se anunciarían en septiembre. Somos conscientes de que a falta de más información os impacientéis por conocer el día concreto del fallo.

Puesto que este certamen se encuentra dentro del marco de actividades culturales que realizamos en la localidad previo a la celebración de la feria, queríamos que el anuncio de las obras seleccionadas se realizara en un entorno de festividad y celebración. Por esto, la organización ha decidido que el fallo será publicado el día 24 de septiembre.

La publicación se hará en esta plataforma, en la página oficial del ayuntamiento y en las demás plataformas vinculadas para que podáis encontrar los resultados con facilidad.

Hace unas semanas, Marta González Peláez anunciaba el lanzamiento de su segunda novela, Los muertos siempre sonríen, y no ha sido hasta hoy que he podido parar a analizar su trabajo y todo lo que puede ofrecernos en su lanzamiento. Todavía hay tiempo para hacerse con un ejemplar firmado o una edición especial de la obra que viene acompañada por algunos regalos.

Os animo a visitar su página web para conocer todo el detalle:

https://martagonzalezpelaez.com/los-muertos-siempre-sonrien-preventa

Quiero compartir, también, la sinopsis de la obra para que os hagáis una idea de todo cuanto tiene que ofrecernos este libro:

“El hijo del comendador de la Fresneda ha aparecido muerto en la habitación de un burdel y nadie, salvo su padre, parece querer saber lo que ha ocurrido. Diego de Torrearuso, comisario de la Inquisición de Zaragoza, tendrá que hacer frente a su primera investigación tras cuatro años en el exilio, y para ello buscará la ayuda de su hermana Inés, una mujer de difícil temperamento a quien sus padres mantienen custodiada entre las paredes de un convento por su vergonzoso comportamiento.
Juntos siempre han resuelto cualquier caso y ahora van a tener que enfrentarse a todo un pueblo en busca de una historia que va más allá de la muerte de un joven.
Los muertos siempre sonríen es una aventura ambientada a principios del siglo XVII español que pretende romper algunos mitos sobre lo que nos han enseñado de nuestra historia con un ritmo ligero y natural que te hará sumergirte en la investigación y ser uno más de los investigadores.”


La imagen de cabecera es parte de la portada de esta obra.

Un niño mira la ventana

con la esperanza

de que se abra la tarde.

Ha llovido con fuerza

y los charcos se apoderan

de los jazmines del jardín.

Unos bostezos de luz

 se cuelan por las nubes

y se detienen en su mejilla.

Sin querer ha sonreído,

como si la naturaleza le animara

a brindar un suspiro de inocencia.

La puerta aún sigue cerrada.

El verano ha llegado

y es el tiempo

de las flores que resisten.

Ayer cogió rosas, lirios y azucenas

para dárselas a su abuela

cuando todo descanse

Su madre está apoyada en la puerta

con un hueso que disecciona la glotis.

Ahora solo queda la esperanza

por recuperar la monotonía,

las horas muertas del tictac,

los paseos en el parque,

los atardeceres,

la vida.