El ánfora

—¡Te castigaré! —gritó Zeus a Prometeo.

Y el cielo se cubrió de nubes, los truenos retumbaron, la luz de un rayo iluminó el rostro del titán, el cual permanecía con los ojos muy abiertos, sin explicarse cómo se había descubierto el robo del fuego para regalárselo a los hombres.

En la estancia contigua, a Pandora se le cayó la cabeza de la figura de barro que estaba modelando a su imagen y semejanza, explotando en mil pedazos. «¿Qué será de mí en la Tierra?», pensó con el corazón desbocado. Cuando cumpliera veinte años, la primera mujer de la humanidad se marcharía del Olimpo para vivir entre los mortales. Solo faltaba un día. Así lo habían acordado su madre, la ninfa Alfa, y su padre, Zeus, el día del alumbramiento. 

—Naciste bañada en sangre, tras desgarrarme las entrañas, entre aullidos de dolor que se prolongaron desde el alba hasta la puesta de sol —le había confesado su madre antes de fallecer. 

Pandora caminó en círculos por su taller, los brazos cruzados a la altura del pecho, la manos sudorosas. Se le figuró que el tiempo volaba como un águila hambrienta en busca de su presa. Posó sus ojos en los humanos de barro que ella misma había esculpido: bellos, compuestos por mil y un detalles, pero, a la vez, tan frágiles. Inhaló el olor de la tierra mezclada con el agua: su última ánfora destacaba entre las demás gracias a su tamaño majestuoso, su simetría, la armonía de su redondez. «Igual que un vientre materno», se dijo.

  Se llamaba Pandora porque todos los dioses del Olimpo le habían otorgado sus dones.  Aprendió a luchar gracias a Ares, a tocar la lira con la ayuda de Apolo, a cazar de la mano de Artemisa. Reflexionó sobre el significado de la justicia y atesoró conocimientos de la mano de Atenea. Fue consciente de su cuerpo, su deseo y su placer, guiada por Afrodita.

Mientras rozaba el contorno áspero de una de sus estrellas de barro, la primera mujer de la historia sintió lástima de Prometeo: les unía la sed por el saber. Algunas noches contemplaban el cielo juntos; era la manera de interpretar las enseñanzas de astronomía brindadas por Atenea.

A la mañana siguiente reinaba un trasiego de preparativos en el Olimpo para la celebración de la noche. Las quince horas restantes martilleaban las sienes de Pandora, insomne en su lecho desde la noche anterior. Otra vez Prometeo irrumpió en sus pensamientos. Tiempo atrás, Zeus había elegido al titán de mediador en una disputa sobre cómo repartir un toro para sacrificio de los dioses. El creador de la humanidad le engañó: ocultó la carne debajo de las vísceras, y recubrió los huesos de una capa jugosa de manteca. La furia del padre de los dioses se materializó de forma inmediata arrebatando a los hombres el fuego. Una vez más, Prometeo había mostrado su debilidad por esos seres inferiores que él mismo había creado con un poco de barro. Y sobre ellos Zeus descargaría su ira aunque entre los mortales se encontrara su propia hija.

Un conjunto de vasijas y tinajas rebosaban vino de la mejor cosecha. Zeus buscó el ánfora más nueva esculpida por Pandora y la colmó de todos los males del mundo: el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la envidia, el odio, el miedo, la desigualdad, la pobreza, el crimen. Cuando la llenó hasta arriba, la tapó a conciencia.

—El que ose abrir el ánfora lo pagará con su vida —advirtió Zeus, marcándola con un rayo dorado.

Mientras su sirvienta la ataviaba con un peplo blanco tejido para la ocasión, a Pandora le asaltaban las dudas. Desde pequeña estaba acostumbrada a indagar sobre el funcionamiento de todo cuanto le rodeaba. Su propia vasija transformada ahora en objeto sagrado le provocaba sentimientos encontrados: por una parte, sospechaba del peligro que podría esconder; por otra, consideraba demasiado evidente aprovechar la curiosidad que suscita lo prohibido.

Prometeo, herido por la ira de Zeus e infravalorado por los hombres, después de su gesta con el fuego, también sentía curiosidad, aunque su astucia le avisaba de que podría tratarse de una trampa. Aún así, su instinto le empujaba a la rebeldía. Él, hijo del titán Jápeto y la ninfa marina Clímene, creador y benefactor de la humanidad, mediador del mismísimo Zeus, ¿qué podría perder a estas alturas? 

En plena madrugada, los dioses del Olimpo y sus sirvientes dormían tras haber vaciado todas las tinajas y vasijas que contenían su néctar predilecto, excepto la del rayo dorado. Desde dos ángulos enfrentados de la estancia, cuatro ojos atisbaban el brillo dorado impregnado en el barro. Pandora tenía sus pertenencias dispuestas a sus pies; sus años en el Olimpo concluirían en cuanto rayara el alba. Prometeo y ella se acercaron poco a poco sin articular palabra. Frente a frente rodearon el objeto prohibido.

El primer rayo de sol iluminó el ánfora. Prometeo arrancó la tapa. Un estruendo bronco y desagradable, que presagiaba la caída en Tártaro, la región más profunda del inframundo, se adueñó de todo el Monte. Un soplo de viento sacudió la vasija con tanta fuerza que el titán no fue capaz de cerrarla y entonces se escaparon todos los males del mundo que desde aquel día poblaron la Tierra.  Prometeo solo llegó a tiempo de apresar el último elemento escondido: la esperanza. Así condenó al género humano al caos por la mal llamada caja de Prometeo.

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