Feliciapp

En mi sótano de treinta y cinco metros cuadrados no hay terraza para salir a aplaudir. Desde la semana pasada, tampoco desfilan zapatos ante mis ojos por el ventanuco que me conecta con la civilización.

—¿En serio te vas a fundir ahora? —abronco al flexo, mi compañero de trabajo, y mucho antes de la pandemia, también de vida. Al menos él no me interrumpe ni me suelta frases de taza antes de cambiar de tema.

Me pongo mi única mascarilla y antes de enfundarme los guantes para ir al supermercado, compruebo que funciona el interruptor del flexo. Aquí también apesta a desinfectante, y el silencio pesa, a ratos. En la planta de psiquiatría no existían timbres para llamar a los enfermeros. La noche que llegué me lo aclaró mi compañera de habitación, entre carcajadas estridentes, que unas veces desaparecían a golpe de inyección y otras, de camisa de fuerza. 

Lo primero que recuerdo antes de que me ingresaran es que siempre me encontraba exhausta. Dejé de ducharme a diario, cada mañana me costaba más levantarme, tanto que llegaba tarde al trabajo, evitaba a mis amigas, ignoraba las llamadas de mis padres, me alimentaba de precocinados, si es que comía. Solo quería esconder la cabeza debajo del nórdico y desaparecer. Un lunes de marzo, hace cinco años, no me levanté de la cama: bastó un diagnóstico, una simple etiqueta para enviarme directa al manicomio. 

Ahora que todo el mundo se enfrenta a sus miserias entre las cuatro paredes de casa, soy consciente de lo fácil que es caer en el vacío. La tristeza se adhirió a mí como un tatuaje: me sentía extranjera en mi cuerpo, adormilada por las pastillas, me costaba pensar con claridad, e incluso sentir.

Abrazaba La campana de cristal de Sylvia Plath, acariciaba el lomo del libro, cuando Susana, la enfermera más joven, entró en la habitación con el carrito de la cena.

  —¿Cómo unas páginas pueden transformarse en espejo y éste en un salvadidas?—le pregunté igual que una niña en la mañana de Reyes.

—Si yo fuera psiquiatra, solo recetaría buena literatura —. Me sonrió satisfecha, al fin y al cabo ella había comenzado a subirme libros de la biblioteca del hospital, después, incluso a prestarme los suyos. 

Asentí, las escritoras que estaba leyendo, cuyo nombre no había escuchado jamás, mujeres que como yo, habían poblado los márgenes, suicidas en algún caso, eran mi antídoto contra la nada. Y lejos de hundirme, refloté, poco a poco recuperé las ganas de nadar hasta la orilla.

Hoy en día podría impartir charlas sobre los beneficios del teletrabajo para ganar un sobresueldo. Desde que salí del hospital me convertí en informática freelance. Mi proyecto actual se denomina Feliciapp, una aplicación para móvil que recuerda a las usuarias la importancia del autocuidado, de amar y respetar a la única persona perenne, la que atesora en su interior el secreto de la felicidad.

8 comentarios sobre “Feliciapp

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: