relato

Ninja

Ninja es un relato que escribí tras un ejercicio que realizamos en el taller de escritura creativa que imparte Patricia Moreno. Cuando lo escribí, no sabía si publicarlo en este blog, en alguna otra plataforma de descargas… Pero en ese momento me encontré, casi por casualidad, con la protectora de animales El Arca de Noé Córdoba. Así que decidí publicarlo en Amazon y donar todo lo que pudiese recaudar con esta obra.

Te invito a que eches un vistazo a la web de la protectora y a que colabores con ellos. Si además te apetece leer, te invito a que compres este relato y aportes tu pequeño granito.

Dejo por aquí la primera parte del relato y el link de compra en Amazon.
Espero que te guste.


  Como cada mañana, me senté en el mismo banco de hierro oxidado y pintura desconchada en el parque que hay frente al colegio. Había vuelto a recorrer los negocios locales para ver si necesitaban a alguien para echar una mano. También había dejado, personalmente, mi currículum en algunas de las empresas que tienen sede en la ciudad. No me gusta enviarlos por correo ni por email. Me parece una forma muy fría de presentarse y hacer llegar una solicitud de trabajo a cualquier sitio. 

  Cuando conseguí mi primer trabajo todo era presencial, cercano, directo… Ahora, parece que la tecnología nos ha hecho sentir miedo unos de otros. No somos capaces de tener una conversación sobre trabajo directamente sin antes pasar por varios filtros automatizados por algún sistema informático y nos da miedo hablar de condiciones, de intereses o de objetivos. De alguna forma, siento que nos estamos volviendo tan dependientes que llegará un punto en el que todos, absolutamente todos, sintamos miedo de ser nosotros mismos.

  Me llegó una notificación al teléfono móvil.

  Varios correos electrónicos de varias páginas de búsqueda de empleo.

  Es curioso cómo siempre me llegaban a la vez, a la misma hora, como si supiesen en qué momento pudiese tener tiempo para revisarlos. Pero no los leí, opté por leer el periódico primero.

  Revisé las noticias de actualidad, ojeé algunas de la sección de cultura y leí minuciosamente cada una de las ofertas de trabajo publicadas. Ninguna me atrajo lo más mínimo y empecé a perder la fe en encontrar, a corto plazo, algún trabajo que pudiese interesarme. Así que opté por revisar los mensajes que me habían llegado al teléfono. La mayoría de las ofertas ya las conocía: trabajos con condiciones lamentables en las que exigen una formación innecesaria para realizar un trabajo que podría hacer cualquiera. El resto de los trabajos eran para puestos muy similares al que ahora tenía, así que desistí y dejé de buscar por ese día. 

  Algunas empresas, sobre todo esas que gastan nombres rimbombantes para llamar a los puestos que ocupan sus empleados, suelen publicar ofertas con requisitos y condiciones tipo plantilla: todas iguales y para las que solo modifica el título de la plaza que ofertan. Y además de eso, el salario que ofrecen es según valía. ¡Según valía!

  No puedo evitar reírme cada vez que leo eso. 

  ¿Quién puede decidir cuánto valgo?

  Me hace pensar que no me pagan por el trabajo que voy a realizar, sino por el valor que yo pueda tener como ¿empleado? ¿persona? ¿recurso? Es tan absurdo…

  Cuando escuché la sirena del colegio que anunciaba el comienzo del recreo me detuve a comer algo antes de ir a la estación para coger el tren que me levaría, como cada día, a mi oficina.

  No sabría decir cuándo perdí el interés por mi actual trabajo. Quizá fue cuando empezaron a modificar las políticas de empresa, con tal de modernizarse, provocando que nuestro trabajo fuese más tedioso y frustrante, o quizá fuese cuando nos denegaron el acceso a nuevas tecnologías (siempre alegaban problema de costes, pero nunca miraban los beneficios) que nos permitiría ahorrar más de treinta horas semanales de trabajo, o quizá fuese cuando recortaron plantilla alegando falta de presupuesto a la par que los altos cargos alardeaban de compras absurdas. No sabría decir en qué momento empecé a perder el interés por ese trabajo guiado por auténticos borricos, pero tenía claro que quería cambiar de aires. Necesitaba alejarme de allí, aunque por otro lado tampoco quería dejarlo y verme sin nada. Es difícil tomar una decisión así. Aunque en los últimos días es una opción que tengo cada vez más presente. 

  Poco tiempo después de que los niños saliesen al patio, un perro callejero se acercó a la entrada y se sentó en la acera. Era el típico chucho mediano de pelo grisáceo, relativamente corto y sucio, orejas puntiagudas y ojos claros. Esperó paciente, sin perder de vista a cada uno de los pequeños que correteaba tras la verja verde que delimitaba la zona de recreo. Cuando el primero de ellos fue consciente de que aquel perro estaba ahí, los demás lo siguieron a toda velocidad para ofrecerle un poco de su comida. El animal empezó a relamerse como si pudiese saborear cada pedacito de pan incluso antes de tenerlo en la boca.

  Cuando volvió a sonar la sirena, todos los niños volvieron corriendo al interior del edificio. Aquel sonido siempre despertaba en mí el recuerdo lejano de las mañanas en el colegio, del bocadillo que me preparaba mi madre y del día a día con los compañeros de clase. 

  El perro se quedó observando cómo se iban y permaneció allí, muy quieto, hasta que todos desaparecieron. Luego dio un par de vueltas sobre sí mismo, miró al cielo, como si se acabase de acordar de algo, y subió la calle para perderse entre los arbustos que daban comienzo al parque.

  Me levanté y tiré el envoltorio del bocadillo a una papelera y el periódico al contenedor del papel.

  Volví al mismo lugar a la mañana siguiente. Volví a leer el periódico, a revisar las ofertas de empleo y a comer algo mientras observaba esa escena cotidiana en la que los pequeños de aquel colegio compartían su desayuno con aquel perro. El animal siempre hacía lo mismo: esperaba paciente a que los niños se acercasen, se relamía, comía lo que le ofrecían y tras dos vueltas miraba al cielo y se perdía tras los arbustos.

  Me llamaba la atención su comportamiento, tan metódico, tan constante. Seguramente entendiese que aquella constancia y la repetición de cada uno de esos pasos le llevaría a conseguir el mismo objetivo. Y claro, si todos los factores de ese suceso estuviesen bajo su control y no tuviesen ninguna acción externa, estoy convencido de que aquel animal, cada mañana, habría compartido el desayuno de los pequeños. Pero todos sabemos que la realidad no es así, que todo lo que ocurre no depende únicamente de nosotros, aunque nos creamos responsables de todo cuanto pasa. Eso mismo me estaba pasando a mí y no era capaz de verlo en ese momento.

[…] Sigue leyendo en:

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